¡No conviertan a los docentes en espías!

Recientemente, el Foro Europeo de Bangladesh me invitó a participar en un debate sobre el extremismo violento en el que se planteó la pregunta: ¿Cómo prevenir el extremismo violento?

Según la ONU, el extremismo violento socava la paz y la seguridad, los derechos humanos y el desarrollo sostenible. Ningún país ni región está inmune a sus repercusiones. No es nuevo ni exclusivo de ninguna nacionalidad o creencia. Al mismo tiempo, es preciso reconocer que grupos terroristas tales como el autodenominado Estado Islámico y Al-Qaeda han moldeado nuestra imagen del extremismo violento. Más importante aún, han definido el debate sobre cómo abordar la amenaza del extremismo violento.

Los programas para contrarrestar el extremismo violento a menudo se basan en supuestos erróneos. Uno de estos supuestos, refutado por décadas de investigación empírica, es que la ideología extremista es un motor del terrorismo. Muchas personas tienen ideas extremistas pero nunca actúan violentamente. Otra falsa suposición es que el camino al terrorismo es predecible y que los terroristas potenciales tienen marcadores identificables.

Este enfoque da pie al grave riesgo de etiquetar como amenazas potenciales a personas que no tienen nada que ver con el terrorismo. En el Reino Unido, miles de personas, incluidos niños, han sido erróneamente identificadas como posibles terroristas. Las agencias gubernamentales gastan enormes recursos en su planteamiento para contrarrestar el extremismo violento. Su forma de trabajar podría incluso considerarse contraproducente, ya que alimenta los discursos de agravio y la injusticia real o percibida.

Los cargos políticos y los legisladores reaccionan ante la amenaza del terrorismo haciendo lo que mejor saben hacer: promulgar nuevas leyes. Se adoptan nuevas legislaciones para la recogida de datos de forma masiva, así como medidas discriminatorias y estigmatizantes. Esta reacción excesiva es una amenaza para los derechos humanos y no es eficaz en la prevención del terrorismo.

El extremismo violento no es nuevo en los países de Europa occidental. De hecho, en las décadas de los años setenta y ochenta hubo más ataques terroristas, con un mayor número de víctimas en Europa, que en la actualidad. Una diferencia notable en la percepción entre entonces y ahora es la convicción de que en aquel momento el marco legal era suficiente. Lo que se necesitaba era mejorar la fuerza policial. La política que se aplica hoy día es exactamente contraria a esa idea. En muchos países europeos fueron despedidos miles de agentes policiales en un momento en que la vigilancia policial tradicional era más necesaria que nunca. El trabajo policial tradicional es importante en la prevención del extremismo violento.

Según el experto francés en terrorismo, Olivier Roy, la mitad de los extremistas violentos en Francia, Alemania y Estados Unidos tienen antecedentes penales por delitos menores. Roy calcula que el 60% de los que recurren al extremismo violento en Europa son musulmanes de segunda generación que han perdido conexión con su país de origen y no han logrado integrarse en las sociedades occidentales. Estas personas viven en un vacío de identidad en el que prospera el extremismo violento. Tienen un escaso conocimiento del Islam y Roy explica que son radicales incluso antes de elegir el Islam. Concluye que tenemos que investigar la islamización del radicalismo, no la radicalización del Islam.

Tener una educación deficiente y casi ningún conocimiento religioso vuelve a los jóvenes vulnerables al adoctrinamiento. La pertenencia a un grupo, ya sea mediante actividades delictivas o el extremismo violento, les da un sentimiento de pertenencia. Deben hacerse esfuerzos para ayudar a los líderes religiosos y comunitarios a llegar a los jóvenes vulnerables. La lucha contra el extremismo violento requiere un marco que considere a los musulmanes como una fuente de fortaleza y no de sospecha. Las comunidades deben sentirse en confianza al compartir información cuando sospechan una actividad criminal, en lugar de presionarlas para detectar marcadores de radicalización infundados.

En su Congreso Mundial de Ottawa, en 2015, la Internacional de la Educación señaló que “la educación es clave a la hora de combatir el extremismo en todas sus formas. La educación inclusiva para todos como medida preventiva importante que promueve la ciudadanía, fortalece el pensamiento crítico y enseña a entender y aceptar las diferencias de opinión, de convicciones y creencias en el respeto del Estado de Derecho, la diversidad y la igualdad”. Los sindicatos de la educación se oponen a que los/las docentes sean incluidos en programas destinados a contrarrestar el extremismo violento. La central estadounidense de los docentes, la American Federation of Teachers describe tales programas como “la caracterización de perfiles ideológicos y vigilancia” que tendría “un efecto intimidatorio en nuestras escuelas y comunidades de migrantes, poniendo en peligro el sentimiento de seguridad de los niños”. El sindicato nacional de docentes del Reino Unido, National Union of Teachers, aprobó una moción pidiendo descartar el actual programa destinado a contrarrestar el extremismo violento porque causa “sospecha en el aula y confusión en la sala de profesores”. Estas preocupaciones deben abordarse adecuadamente. Los y las docentes no son contratados para espiar a sus estudiantes, para leer en sus mentes ni para predecir el futuro.

La prevención del extremismo violento está en consonancia con el Objetivo de Desarrollo Sostenible núm. 16 de las Naciones Unidas, el cual llama a promover sociedades justas, pacíficas e inclusivas. Destaca uno de los principales aspectos de la agenda Post 2015: la educación. La inversión en la educación es una inversión en la prevención del extremismo violento. En el caso del extremismo violento, la inversión en la prevención es mucho más rentable que asignar recursos para hacer frente a las consecuencias.

Biografía:

Harry van Bommel es titular de una licenciatura en Educación y una maestría en Ciencias Políticas. Trabajó como profesor de idiomas en una escuela de formación profesional en Ámsterdam antes de entrar en política. De 1998 a 2017 fue miembro del Parlamento neerlandés y portavoz de Educación, Asuntos Europeos y Asuntos Exteriores. Actualmente es observador de procesos electorales y analista de asuntos exteriores.

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