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«Revoluciones industriales, rebeliones y sociedad civil: las lecciones de la historia», por Robert Trevennel Harris.

Al hablar de la actual rebelión de los chalecos amarillos nos vienen a la memoria los acontecimientos de 1968 en Francia que hicieron temblar la Quinta República. Una comparación histórica más pertinente es 1848, el año de la «Primavera de los Pueblos».

Una comparación relevante ya que, en 1848, un candidato independiente, Alphonse de Lamartine, poeta, historiador y académico, ni de derechas ni de izquierdas, se hizo con el poder, introdujo sin demora una serie de reformas encomiables (el sufragio universal masculino, por ejemplo) y se convirtió por un tiempo en el político más popular de Francia. La comparación es incluso más pertinente si tenemos en cuenta que la revolución política de 1848 tuvo sus raíces en el profundo cambio en la sociedad que se produjo con la primera revolución industrial. En estos dos niveles, el paralelismo con 2018-19 es asombroso.

1848 también es testigo de la aparición del Manifiesto Comunista de dos periodistas alemanes, Karl Marx y Friedrich Engels. Su opúsculo pone de manifiesto el rechazo de ambos al sistema de la época, especialmente la estratificación de las clases creada por la primera revolución industrial. A pesar de que Lamartine se había dado cuenta de los riesgos para la Segunda República, su gobierno fracasa en sus acciones. Las protestas continúan y en junio, Louis-Eugène Cavaignac se hace con el poder. Los obreros parisinos se rebelan y erigen barricadas en las calles. Cavaignac ordena a la artillería atacar a las barricadas y miles de obreros son masacrados.

Las elecciones presidenciales, bajo la nueva Constitución republicana, tienen lugar en noviembre. Luis Napoleón Bonaparte, de vuelta de su exilio en Inglaterra, gana por una gran mayoría y derrota a Cavaignac. Lamartine consigue menos de un uno por ciento de los votos. Antes de finalizar su mandato presidencial de cuatro años, Luis Napoléon encabeza un golpe de estado y se declara Emperador, una maniobra legitimada por un referéndum manipulado. La Segunda República da paso al Segundo Imperio.

La historia no predice el futuro. Pero aquellos que no aprenden las lecciones de la historia están destinados a repetir sus errores. La relevancia de 1848 para hoy reside en las consecuencias sociales y políticas de un cambio profundo en la economía. En 2018-19, la sociedad francesa, europea, e incluso mundial, está viviendo una transformación mucho más dramática y rápida que la que tuvo lugar durante la primera revolución industrial y que llevó a las revoluciones políticas de 1848.

La revolución de la producción y el consumo

La primera revolución industrial sustituyó los músculos por máquinas. La segunda revolución, tras la Primera Guerra Mundial de 1914-1918, fue la de la producción en masa, de la cual fue pionero Henry Ford en Estados Unidos, y que desembocó en la sociedad de consumo y los medios de comunicación de masas. También tuvo un gran impacto en la organización de las sociedades y el funcionamiento de las democracias.

La revolución de la movilidad y la comunicación

Más tarde llegó la tercera revolución industrial mundial, en la segunda mitad del siglo XX. Se trata de la revolución de la movilidad, estrechamente relacionada con una revolución en las comunicaciones.

Esta revolución había estado incubándose desde los años 1970. A partir de este momento, la movilidad de la producción a escala planetaria, la movilidad de los empleos, la movilidad de las personas y la movilidad financiera conforman la base de nuestro sistema económico. La movilidad va de la mano de la globalización.

También se hacen visibles los precursores políticos. El muro de Berlín ya no supone un obstáculo a la movilidad de las personas y la comunicación, no más que el apartheid en Sudáfrica. La Unión Soviética tiembla y se colapsa. Los países de Europa del Este se acercan al oeste. La Unión Europea se amplía.

También somos testigos de la emergencia de la movilidad en las cadenas de producción y es Asia, con China a la cabeza, quien recoge los frutos. Los barcos de contenedores surcan los océanos. La movilidad incluye los fletes aéreos y cada noche se hace entrega de miles de toneladas de piezas de repuesto y productos frescos. La movilidad se considera la clave de la eficiencia. Esta es la lección que enseñan las grandes instituciones educativas, desde Harvard en Estados Unidos hasta la ENA en Francia. Es el mantra que tantas veces he escuchado en las reuniones ministeriales y de otra naturaleza en la sede de la OCDE en París. Movilidad igual a efectividad, igual a bienestar. ¡Era obvio e indiscutible!

Pero esta idea se enfrenta a dos problemas.

El primer problema es el impacto en el medio ambiente.El combustible de la movilidad está calentando el planeta. Los países del mundo se han reunido en Copenhague, en París y en otros lugares para negociar acuerdos que ralenticen este calentamiento. Pero en los extrarradios, en el campo, hace ya 30 o 40 años que se obliga a la gente a incluir la movilidad en su vida diaria. Hay que desplazarse para trabajar, para hacer la compra, para ir al médico, para la educación de los hijos, para los pasatiempos. Y todo ello tiene un coste colectivo en términos de contaminación, de salud y, de forma más general, para la seguridad vial y el cambio climático.

El segundo problema es el incremento de la desigualdad.La movilidad de las cadenas de producción y de las finanzas ha aumentado la brecha entre ricos y pobres de forma dramática en los últimos 30 a 40 años. La paradoja: las políticas de los bancos centrales para salir de la crisis financiera de 2008 han agravado esta brecha. Los ingresos en la base de la pirámide se estancan. Los ingresos en lo alto de la pirámide se disparan. El sistema fiscal ya no atenúa estas desigualdades, porque las leyes fiscales son nacionales mientras que la economía es global.

A la movilidad de la vida cotidiana se añade la movilidad migratoria, el movimiento de personas. La migración forma parte de la historia de la humanidad, pero nunca lo ha hecho con la magnitud que conocemos hoy. Las desigualdades económicas, las guerras y la represión, la desertificación y la superpoblación de las ciudades... Todos son factores de estas migraciones, ya sean legales o no. Las consecuencias de estos movimientos sin precedentes están minando la vida política de todos los países miembros de la OCDE de Europa, Norteamérica, Australia y Asia Oriental.

Las instituciones democráticas se ponen en tela de juicio, y no solo en Francia. Se está poniendo a prueba la idea misma de que la libertad de mercado está estrechamente relacionada con la libertad de la vida política. Algunos incluso han desestimado el concepto de la democracia representativa, pues consideran que ya no responde a sus expectativas. Al igual que en 1968, reivindican una democracia directa, pero difícil de definir. El motor de todas las revoluciones suele ser, sobre todo, la sensación de injusticia.

La protesta de los chalecos amarillos continúa. Somos testigos del deseo de superar los fallos de las interacciones tradicionales entre la vida cotidiana y las instituciones del Estado. Se trata de un problema que sobrepasa las fronteras de Francia y se extiende hasta las instituciones de Europa y de la comunidad internacional.

Las cuestiones planteadas sobre la fiscalidad, los servicios públicos, la transición ecológica y la ciudadanía son necesarias, pero no suficientes. Más fundamental es la cuestión del conflicto entre la movilidad de la sociedad y los dos problemas mencionados arriba: el cambio climático y el aumento dramático de la desigualdad.

Una sociedad civil de participación y activismo

¿Cómo resolvemos el problema? Ningún gobierno será capaz de resolverlo por sí mismo. Para ello, es fundamental la participación de la sociedad civil en su sentido más amplio. Hace 100 años que se reconoció el papel de las organizaciones sindicales y patronales en el tratado de Versalles, con la creación de la Organización Internacional del Trabajo tripartita, una respuesta institucional a la primera revolución industrial, a sus consecuencias sociales y al impacto de las revoluciones políticas. Pese a reinventarse, estos interlocutores sociales todavía tienen un papel fundamental en la economía del siglo XXI. Pero en 100 años la sociedad civil ha crecido de forma extraordinaria. Los activistas se comprometen con el desarrollo, los derechos humanos, con acciones para salvar el planeta y muchas otras cuestiones. Las organizaciones de la sociedad civil son muy diversas, hasta las agrupaciones menos estructuradas basadas en las redes sociales. Conozco bien esta diversidad. Es compleja y tiene fisuras, pero esta diversidad de participación y de acción también es uno de sus puntos fuertes. Debemos encontrar maneras de implicarlas en nuestra búsqueda de soluciones. Y estas soluciones deberán pasar inevitablemente por su capacidad de reconciliar las realidades de la vida a nivel local y los imperativos globales. El verdadero reto es crear estas conexiones de tal forma que las personas que luchan por una existencia decente no se sientan las víctimas sino con todo el control de sus propios destinos. Este es el reto de hoy, el de la tercera revolución industrial de la movilidad y la comunicación.

Una cuarta revolución viene de camino

Y aunque seguimos enfrentándonos a este reto, también nos encontramos a las puertas de la cuarta revolución industrial, mencionada ya en el foro de Davos desde 2016. Esta cuarta revolución de la inteligencia artificial, la robótica, la realidad virtual, las cadenas de bloques y las biotecnologías, está a la vuelta de la esquina. ¡Todavía estamos intentando gestionar las consecuencias sociales y políticas de la tercera revolución industrial, la de la movilidad, y la cuarta ya está asomando en el horizonte! Es un importante debate para otro día, pero ese día está a punto de llegar.


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Robert Trevennel Harris

Robert Harris es un australiano apasionado por la cultura y la historia de Francia y durante muchos años fue un reconocido dirigente de varias organizaciones internacionales de la sociedad civil. Presidente de varias ONG en la UNESCO en los años 1980, y en el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas en los años 1990, es cofundador de la Internacional de la Educación. Tras las divisiones políticas de la Guerra Fría, participó en la creación del Consejo de Sindicatos Mundiales. Durante 17 años fue el portavoz de las organizaciones sindicales ante la OCDE en París en materia de política educativa, formación y empleo, y participó en los trabajos del Foro Económico Mundial de Davos y de Ginebra, así como en las conferencias para la organización de las cumbres del G7, G8 y G20.

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