Sobre la vida y el mercado, por David Edwards

Intentamos que los niños encajen en el mundo desde que son pequeños. Quizá deberíamos reflexionar sobre cómo el mundo debería adaptarse a ellos.

«A los adultos les gustan los números… Cuando uno les habla de un nuevo amigo, nunca preguntan sobre lo esencial. Nunca te dicen: “¿Cómo es el sonido de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas?” Te preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?”. Solo entonces creen conocerlo.» Antoine de Saint-Exupéry, El principito (1943). 
 
Saint-Exupéry no era un niño cuando escribió estas palabras. Sin embargo, El principito sigue gustando a niños y adultos porque refleja la espontaneidad y el sentido común de los más pequeños. Además, expresa ese asombro y esa sabiduría que, a día de hoy, se definirían con un simple «pensar de una forma original». 
 
¿Pero qué sucede si el problema de verdad es lo convencional y todas esas pequeñas convenciones que nos rodean y obligan a actuar como lo hacemos? 
 
Los niños no son colecciones de células que aún no se han convertido en seres humanos. Tienen su propia personalidad y carácter. Con solo cinco años, ya alcanzan el 90 por ciento de su capacidad cerebral total. Este hecho en sí mismo debería valer para ganarse el respeto de quienes superan los cinco años y siguen en el camino de alcanzar ese 10 por ciento restante. 
 
Ya no somos niños, pero deberíamos apreciar y fomentar su proceso de exploración. Tendríamos que celebrar y cultivar la alegría que supone aprender en un entorno seguro en el que escuchar, imaginar, crear y vivir según los valores humanos. 
 
Compartimos nuestra humanidad con los niños. Los humanos podemos sentirnos bien o mal. Podemos preocuparnos, ser desagradables, reír y llorar. Y hacer todo eso juntos. 
 
Por otra parte, está el mercado, para el que no hay amigos que valgan. No tiene rostro ni nombre. Tampoco está vivo. Es decir, carece de valores humanos y de moral. El mercado nos considera como seres objetivamente medibles, o como objetos aislados. 
 
Entonces, ¿en qué momento ha pasado de ser un mecanismo económico recogido en largos y tediosos libros a convertirse en un dogma de fe? ¿Alguien le rezaría, por ejemplo, a una tostadora? 
 
Quizá esta afirmación pueda parecer radical o, incluso, revolucionaria, pero yo diría que el objetivo del mercado es hacer que la economía funcione, ganando dinero al mismo tiempo. Su misión no consiste en ayudar a la humanidad ni en controlarla. Si esto es así, ¿hay algún motivo por el que debería colarse en todos los recovecos y grietas de nuestras vidas para ensombrecer nuestra existencia? 
 
Permitidme que me desvíe brevemente de las creencias sobre el mercado a la realidad y los retos de nuestro día a día. 
 
El mundo aunó fuerzas y se manifestó en la batalla contra la pandemia del VIH/SIDA como si libráramos una auténtica guerra. Los gobiernos invirtieron miles de millones, los agentes sociales trabajaron codo con codo, la investigación médica se aceleró y mejoraron los sistemas de salud pública. El foco se amplió a la malaria y la tuberculosis. Son enfermedades que aún existen pero ya no como sinónimo de una muerte garantizada. 
 
Actualmente, sufrimos una pandemia de estrés y agotamiento relacionados con el trabajo cuyo resultado se traduce en gente infeliz. Trastorna las familias y las destroza. Provoca enfermedades graves y muertes. 
 
Además, vivimos una situación de emergencia por el calentamiento global que amenaza con destruir nuestro planeta. Gestionarla implica una dificultad mucho mayor que la que los gobiernos y otros agentes del mercado pueden o quieren asumir. 
 
Estos son solo dos de los peligros letales que ponen en jaque nuestra felicidad y nuestras vidas. Y el mercado no puede resolver ninguno de estos problemas. Quizá pueda contribuir a la solución, pero nunca como si fuera un misil no guiado. 
 
¿Seremos capaces los humanos de unirnos y acumular tanto poder como para poner al mercado en su sitio y resolver estos y otros problemas? ¿Podemos liberarnos de nuestros grilletes y vivir según nuestros valores y no solo según las imposiciones de los precios? ¿Nos dejará el bosque ver los árboles para concienciarnos de lo que de verdad importa? 
 
Tendremos que actuar juntos y movilizar nuestra causa, a pesar de que muchas de las cosas importantes de la vida no sean tangibles ni puedan medirse u observarse fácilmente.  
 
De nuevo, nos ayudaría profundizar en las palabras de El Principito: 
 
«Solo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos.» 

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David Edwards

David Edwards es Secretario general de la Internacional de la Educacion.

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