“El personal docente asume el liderazgo para impulsar un cambio real”, por Howard Stevenson

Estamos viviendo tiempos sumamente extraordinarios. A principios de 2020 casi nadie podría haber anticipado cómo y hasta qué punto el mundo se iba a ver trastocado por un virus que se ha cobrado cientos de miles de vidas y que no ha dejado a nadie indiferente.

Cuesta imaginar que algo bueno pueda derivarse de semejante experiencia: las repercusiones en la vida y los medios de subsistencia de las personas es incalculable, pero, como en cualquier crisis, las oportunidades coexisten con las amenazas, y de la perturbación y la destrucción surgen posibilidades de reconstrucción. Las posibilidades enseguida se hicieron obvias cuando el efecto de la pandemia puso inmediatamente de relieve la extraordinaria labor del personal sanitario, en su infinidad de funciones, que ha trabajado unido en circunstancias muy complicadas, demostrando la esencia de los valores del servicio público. Además, conforme la pandemia iba avanzando, se recordó a las sociedades de todo el mundo que los trabajadores y las trabajadoras realmente clave son los que trabajan incansablemente, a menudo con escaso reconocimiento, para mantener los servicios públicos esenciales.

Los trabajadores y las trabajadoras de la educación –el personal docente y todo el personal de las instituciones educativas que garantizan que el alumnado reciba un servicio de calidad– se han encontrado en un frente importante de la lucha contra la pandemia del coronavirus. Mantener la provisión de un servicio presencial para las personas vulnerables y los hijos y las hijas de los trabajadores y las trabajadoras clave, proporcionando al mismo tiempo educación en línea para los estudiantes y las estudiantes cuyas escuelas cerraron, ha exigido esfuerzos heroicos. Trabajar para garantizar que las escuelas vuelvan a abrir únicamente cuando sea seguro, y cuando el alumnado, las comunidades y los trabajadores y las trabajadoras de la educación puedan confiar en que se han establecido las salvaguardias adecuadas, representa igualmente uno de los mejores valores del servicio público.

Sin embargo, es importante recordar que se trata de los mismos trabajadores y trabajadoras que han asumido los costos de una crisis económica que se agudizó en 2008 y que sigue proyectando una larga sombra. En muchas partes del mundo, el gasto público en educación apenas está volviendo a los niveles registrados antes de la crisis financiera de hace más de una década. Durante todo este tiempo, los trabajadores y las trabajadoras de la educación han tratado de compensar la austeridad tapando las grietas de los sistemas educativos que se han visto privados de la inversión necesaria para prestar los servicios que el alumnado merece. Mientras tanto, los trabajadores y las trabajadoras de la educación han tenido que aguantar el estancamiento de los salarios, los recortes de las pensiones, el aumento de la precariedad y el incremento inexorable de la carga de trabajo.

La privatización distorsiona los valores
En el peor de los casos, los esfuerzos de los Gobiernos por reducir el gasto público han ido acompañados de incentivos para que organizaciones privadas y comerciales intervengan y presten los servicios educativos básicos que son propiamente responsabilidad del Estado. Cuando esto ha sucedido (y, hasta cierto punto, ha sucedido de alguna manera en casi todas. partes), los sistemas educativos no solo se han visto privados de los recursos públicos que necesitan, sino que se han visto infectados por la difusión de valores impulsados por el mercado, que privilegian la competencia por encima de la colaboración, y las ganancias por encima de las personas. 

En Inglaterra, por ejemplo, los Gobiernos han tratado al país como un laboratorio para experimentar imprudentemente con la transformación de la educación pública en un sistema impulsado por las fuerzas del mercado. El país ha experimentado este “fundamentalismo de mercado” durante muchos años y las consecuencias acaban de ser brillantemente expuestas por mi colega Pat Thomson, en su nuevo libro School Scandals: Blowing the Whistle on the Corruption of our Education System (Escándalos en las escuelas: denunciar la corrupción de nuestro sistema educativo) (Policy Press, 2020). En su libro, la catedrática Thomson expone claramente las innumerables formas en que la comercialización ha sido absorbida por los poros del sistema de educación pública inglés y ha distorsionado los valores fundamentales sobre los que se basa.

En algunos casos, la falta de transparencia y las oportunidades de lucro han desembocado en una criminalidad descarada. Sin embargo, mucho más generalizada e insidiosa es la infiltración de los valores de mercado a todos los niveles del sistema, lo cual conlleva además un enorme coste humano. Los trabajadores y las trabajadoras de la educación están experimentando una carga de trabajo y asumiendo una gestión del acoso escolar cada vez mayores.

Disconformidad se equipara a deslealtad, y eso condiciona el trato que reciben los trabajadores y las trabajadoras. Por su parte, los estudiantes y las estudiantes no son percibidos como individuos, sino que son tratados como activos o pasivos. Se valora a los que tienen probabilidades de obtener buenos resultados en los exámenes (y en las tablas de clasificación), mientras que sus compañeros y compañeras menos afortunados, incluidos aquellos con necesidades especiales, son percibidos como problemas.

El profesorado asume el liderazgo
A pesar de todo, la crisis del coronavirus ha propiciado la posibilidad de un cambio de dirección. Por supuesto, el resultado no tiene por qué ser necesariamente positivo. La pandemia ha intensificado el uso de la tecnología en la educación, y las empresas mundiales de tecnología educativa, con más recursos que la mayoría de los ministerios de Educación, están ahora al acecho, listas para aprovechar la oportunidad que la pandemia les ha brindado.

Sin embargo, también estamos en un momento en el que la profesión docente puede tomar la iniciativa. Los trabajadores y las trabajadoras de la educación han cumplido durante la pandemia, y su labor da fe de la importancia de una educación bien financiada, de calidad y sostenible para todos. Este es un momento en el que una campaña resuelta y ambiciosa en pro de una educación pública de calidad para todos puede empezar a transformar la narrativa de la política mundial sobre la educación.

Ya queda poco para el Día Mundial de los Docentes 2020, cuyo tema es Asumir el liderazgo. Los docentes y las docentes han asumido el liderazgo durante la pandemia y han demostrado lo que se puede lograr, incluso cuando los políticos no asumen su responsabilidad y no proporcionan al personal docente el apoyo y los recursos que necesita. Ahora es el momento de asumir realmente el liderazgo actuar conjuntamente y organizarnos en torno a una propuesta mucho más esperanzadora y optimista.

Esta podría ser una oportunidad única. La profesión docente tiene que asumir el liderazgo y aprovecharla.


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Howard Stevenson

Howard Stevenson es Profesor de Liderazgo Educativo y Estudios de Políticas, y Director de Investigaciones en la Escuela de Educación de la Universidad de Nottingham. Antes de entrar a trabajar en la universidad, Howard fue profesor de secundaria durante 15 años.

Sus intereses de investigación están relacionados con el trabajo docente, el profesionalismo de los/las educadores/as, los sindicatos docentes, las relaciones laborales en el sector de la educación y las políticas educativas, con especial atención en cuestiones relativas con la reforma global y la privatización.

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